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  • Foto del escritorPrensaFMSantader

La pelea del hermano y el sobrino de Pablo Escobar por sus museos

El hermano y el sobrino mayor de Pablo están en una pelea casi a muerte por quien se queda con la memoria del capo.

Nicolás Escobar es el sobrino mayor de Pablo Escobar. Es el hijo de Roberto, alias Osito, el hermano mayor de Pablo y su mano derecha en el mundo criminal, de los poquitos altos mandos del Cartel de Medellín que llegó a viejo. Al Osito le dicen así porque cuando era un adolescente, y su hermano menor no lo había contratado para contar dólares en una báscula, era un ciclista destacado. Cualquier día llegó al final de una carrera todo embarrado y el locutor dijo que parecía un oso. Esa fue la chapa que le quedó de por vida.

Pero Nicolás, su primogénito, el único varón de su primer matrimonio, no le dice osito ni oso ni padre ni papá ni pá ni apá ni viejo ni cucho. Casi siempre le dice Roberto y a veces “este man”. Dice que no se acuerda de cuántos años tiene y en el celular no lo tiene guardado en los contactos. “Ese señor ya no es mi papá” dice Nicolás, que está convencido de que Roberto lo quiere matar.

Se pelearon en 2018, cuando en la casa del Osito, en Las Palmas, empezaron a construir juntos un edificio de dos plantas para montar un museo en el que se homenajeara a Escobar. Tenían carros, motos y ropa que había usado el capo, había toda una colección de fotos inéditas, mandaron a hacer una tienda con cualquier cantidad de productos con la cara de Pablo. Además, la casa en sí misma era toda una atracción: era una vivienda que Pablo había construído y que en vida llegó a usar como escondite, entonces tenía puertas secretas, laberintos, caletas.

El negocio era un éxito rotundo: cientos de turistas, casi todos extranjeros, tocaban a diario la puerta de la casa de Osito en busca de las extravagancias que habían visto en Netflix. Iban a escuchar la “otra parte de la historia” que, según ellos, el gobierno y las telenovelas han tergiversado, a conocer al Pablo hermano, tío, generoso, bonachón. Pero a pesar de que el museo crecía en visitantes con cada nueva serie de la mafia que se estrenaba, los problemas entre Nicolás y su padre empezaron pronto, a penas seis meses después de haber empezado el negocio.

Según Nicolás, Roberto nunca accedió a sus peticiones para legalizar el lugar. El edificio lo habían construido sin pedir permisos, no tenían un sistema de facturación ni de contabilidad y a sus trabajadores no los tenían contratados formalmente. Eso, dice el sobrino de Pablo, fue lo que rompió su relación.

Cualquier tarde de mediados del 2018, una pelea por la legalidad del negocio terminó a los golpes. Cuando Nicolás salió de la casa de su padre, su hermana menor lo llamó y le advirtió que no volviera a entrar porque el Osito le había ordenado a sus trabajadores que lo mataran si lo volvían a ver. Desde entonces solo se hablan por medio de amenazas que, según Nicolás, están mediadas por miembros de bandas criminales de la ciudad.

Ese edificio de dos pisos que no tenía permisos fue el que una inspección de policía de la zona ordenó demoler, después de un pleito legal que duró un par de años, antes del 30 de junio pasado. Sin embargo, cuando el lunes 10 de julio casi 50 personas entre policías y funcionarios llegaron a la casa del Osito, encontraron que este ya les había hecho la tarea y había tumbado el edificio.

“Desde el Distrito rechazamos el uso del territorio para aquellas actividades que promuevan el narcoturismo”, dijo el lunes el Coronel que dirigió la operación. “Medellín quiere acabar con el mito de Pablo Escobar: demolida su casa museo”, tituló El País de España.

Pero con la caída del museo del Osito la historia “no oficial” del exjefe del Cartel de Medellín sigue en pie para locales y extranjeros. Después de pelear con su padre, y a punta de copias de fotografías y de latas y carros que solo servían para chatarra, Nicolás Escobar montó a finales del 2018 un segundo museo en el que por $120.000 un par de jóvenes guías cuentan la versión de la historia del “sobrino preferido de Escobar”. “A mí me hubiera gustado morirme con Pablo el día que lo mataron”, dice Nicolás orgulloso.

Su museo y el de su padre son parecidos: el relato es el mismo, la diferencia está en que los carros, las avionetas, las motos y las fotos que hay en el museo de Nicolás son unas buenas réplicas AAA que el turista desprevenido no alcanza a distinguir. Los originales quedaron en la casa de Roberto. Nicolás dice que su padre le tiene secuestradas cosas que su tío le había dejado: una motocicleta Harley, una camioneta blindada y regalos varios. “Estamos en una casa caleta de Pablo Escobar, propiedad de Nicolás Escobar, su sobrino. Aquí el capo escondía dinero”. Así empieza cada hora el tour en el museo. Pero la casa no es de Nicolás ni era una caleta. Hasta antes del 2018 en la propiedad había un par de gimnasios y peluquerías. Pero todo, dice Nicolás, es parte de la historia que le cuentan a la gente para que tengan una “experiencia real”.

“Aquí contamos la historia de lo que tuvimos que sufrir como familia por culpa del dinero fácil. A mí me mataron al 80 por ciento de mi familia y al 99,9 por ciento de mis amigos”. Por eso, Nicolás insiste en que el propósito de su museo es mostrarle a los visitantes las nefastas consecuencias de la ilegalidad.

Pero en recorrido no hay fotos, ni testimonios, ni objetos referentes a la guerra: no se dice una palabra sobre los carro bombas, los policías y políticos asesinados, el avión de Avianca, ni nada por el estilo. Solo hay una réplica de un Mercedes Benz parecido al que usaba Lara Bonilla el día que lo acribillaron. “Lo compramos por chatarra y le hicimos los disparos para que pareciera de la época”, dice su dueño.

“Aquí el único que tiene un arma soy yo”, me dice Nicolás, y acto seguido se levanta la camisa para mostrar el cacho de una pistola, que dice que es de caucho y que le toca tener por los problemas “con ese man”. Por esa misma razón es que aunque en la casa no se esconden bultos de dólares ni piezas originales de Pablo, tiene un sistema de seguridad con todos los juguetes: cámaras, puertas blindadas, chapas que se abren con la huella.

Al fondo hay un cuadro de Escobar que ocupa casi toda la pared. Está de pie, delgado y bien peinado en medio de un par de puertas de oro que parecen ser la entrada a una caleta. Detrás de él, estanterías llenas de lingotes de oro y fajos de dólares. “Aquí parece que estuviera posando para darle el puño a uno”, dice Nicolás antes de chocar su mano con el lienzo y mirar a la cámara.


Después del pasillo hay un salón. En la pared sucia de la izquierda hay más fotos, pero estas son de la familia. Arriba doña Hermilda y don Abel, los padres del capo. Abajo, Pablo y sus seis hermanos organizados de mayor a menor. De primero está Roberto. En el último renglón solo hay foto de uno de los sobrinos de Escobar: Nicolás. Al lado, un cuadro en el que invita a los visitantes a suscribirse a su canal de Youtube que se llama Soy Escobar, la historia continúa.

En ese canal, donde tiene más de 80 mil suscriptores, el sobrino de Escobar refuerza el mito de su museo y controvierte y da su versión sobre anécdotas de su familia que salen en televisión o que cuentan otras personas que también lo conocieron. Incluso, tiene un video de hace dos años que se llama “La última caleta encontrada de Pablo Escobar Gaviria” en el que se graba rompiendo un muro de la casa que antes era un gimnasio o una peluquería para encontrar el supuesto tesoro. El video tiene 413.000 visitas.

Al frente de las fotos familiares hay tres réplicas de cajas fuertes tan pesadas que tienen rajado el cemento del piso, y una estatua del Niño Jesús de Atocha, el santo de devoción de la familia, que roza el techo.

De ese salón se sale al parqueadero y al patio. Ahí está el grueso del museo: la colección de carros reciclados y baleados, una réplica de un avión y de un helicóptero siniestrados. Un carro azul de su tía Gloria en el que algún día se sentó Pablo que le compró hace un par de años a un hombre en Girardota que lo usaba para vender frutas y verduras por $600.000. Hay una máquina para echar gasolina que parece muy vieja. En ese punto cuentan que el buen Pablo era tan generoso que la tenía en Napoles para que toda Colombia pudiera viajar gratis por carretera a conocer los animales más exóticos. Y hay fotos. Muchas fotos. Fotos de tiempos felices: de Nicolás en Egipto con su tío Gonzalo, de Nicolás adolescente en Suiza con el Porsche rojo que compró con la tarjeta de crédito que le regaló Pablo. De Escobar sonriente corriendo autos, inaugurando canchas de fútbol, construyendo barrios enteros.

“¿Pero de qué sirvió toda esa plata?”, se pregunta Nicolás, que repite una y otra vez que hubiera cambiado todo el dinero que disfrutó por poder haber crecido rodeado de su familia y sus amigos. Para eso montó un museo, para mostrarle a los turistas lo que él y los suyos sufrieron, pero ignorando, como si fueran asuntos excluyentes, el sufrimiento de miles de personas y familias que también se destruyeron para que el emporio de su tío favorito pudiera mantenerse de pie.

Por: Álvaro Guerrero Arango

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